martes, 7 de julio de 2009

INTIMIDAD DEL DERUMBE


Néstor Kirchner ingresó a un pozo depresivo

Intimidad del derrumbe
El pase de facturas entre Kirchner y Cristina. Los insultos a Massa y el botellazo contra Randazzo. La decadencia de Olivos.
Por José Antonio Díaz

Solos y sola. Balestrini y Scioli todavía obedientes a Kirchner el lunes 29 en Olivos. Cristina Fernández gesticula ante los periodistas en la Casa de Gobierno, antes de la hora de la limpieza.

Empezó la retirada y el clima de descomposición interna contagia. Uno de los ministros pingüinos, por ejemplo, está enojado con los manejos matrimoniales. Se anima a revelar el motivo, un gesto que no había tenido en el 2007 cuando Cristina Fernández fue ungida como Reina consorte sin contar, según él, con los mínimos atributos para ello: “Ella no sabe nada, pero él le llena la cabeza”, simplifica ahora ese ministro, un antiguo empleado y protector de los negocios familiares que ahora sangra por la herida abierta. Hasta propone que Néstor Kirchner, en vez de asumir la banca de diputado nacional, se autodesigne jefe de Gabinete y blanquee su presunta condición de “único garante de la gobernabilidad”. “Cristina ya le había dicho a Néstor que no se confiara de los 'testimoniales' –explica en su exhaustivo relato–, que con esa gente en las listas (los intendentes del conurbano bonaerense) no se debería haber confiado; por eso le pidió a su esposo que pusiera la cara y que después literalmente se borrara”.

Dicho y hecho: en el hotel Intercontinental, cerca de la medianoche del domingo negro, Cristina parecía disfrutar: “¿Viste? Te lo dije: te entregaron atado. Yo dije que te iban a traicionar...”, le echó en cara a su marido. Lo terminó de estresar. Ella llevó la voz cantante en un breve aparte conyugal de 15º en la habitación 1911.

La interna matrimonial atraviesa por una fase inédita de la pareja: él cayó, por primera vez, en un profundo pozo depresivo, no quiere atender el teléfono y amenaza con recluirse en su habitación y ella se muestra eufórica, aunque ojerosa y agotada, como si le costara conciliar el sueño. Ninguno de los dos pudo transmitir una sensación de tranquilidad poselectoral. A cada rato, discuten entre sí y mandan órdenes cruzadas a los funcionarios. Ella quiere salvar a su Gobierno, él pretende no irse como un perdedor. Ella lo culpa de dejarse llevar por el aparato y él se arrepiente de haber pensado en ella como su sucesora.

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